Antes de Eva. Fragmentos de una teogonía femenina

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Nota liminar del editor

Ignoro si este libro debió escribirse.

Tampoco sé si yo era la persona adecuada para hacerlo, o siquiera si alguien debió hacerlo. Pero los documentos llegaron a mis manos, y aunque no suelo prestarme a juegos de reconstrucción simbólica ni a esas indagaciones que tanto fascinan a los bibliófilos místicos —que buscan la revelación de un mundo en los márgenes de un códice o en el grafito de un epígrafe borroso—, me vi, por decirlo con justicia, envuelto. No sé si por culpa mía o de otros, pero lo cierto es que, desde el momento en que abrí aquella caja forrada en papel azul, sellada con una cinta tan cuidadosa que parecía diseñada para demorar el tiempo más que para impedir el acceso, ya no pude desentenderme.

En diciembre de 2024, alquilé un departamento en Campana, en un hotel que habíamos frecuentado en otras ocasiones. Nuestra intención era pasar allí las fiestas, lejos de la congestión porteña, con la expectativa, tal vez ingenua, de que el aire del Paraná nos reconcilie con el mundo. Pero la noticia de la muerte de Gabriel Fernández —investigador excéntrico, polémico difusor de teorías limítrofes entre la paraciencia y la leyenda local, pero, a su modo, también un archivista minucioso y lector voraz— interrumpió bruscamente nuestra rutina.

Apenas unas semanas después, uno de sus asistentes me contactó por correo electrónico. Se trataba de un mensaje breve, mal escrito, casi torpe, en el que se me informaba que, entre las pertenencias de Gabriel, se había hallado una caja que llevaba una nota explícita indicando que su contenido debía serme entregado “para análisis filológico e histórico”.

No era la primera vez que Fernández me involucraba indirectamente en sus investigaciones. Hacía años me había citado (sin avisarme) en una conferencia sobre “las resonancias mistéricas en la toponimia pampeana”, y solía enviarme preguntas desconcertantes del tipo: “¿es posible que el vocablo Kalâr tenga relación con el caldeo kalu, ‘polvo luminoso’?”. En general, respondía con cierta cortesía académica, desestimando sus hipótesis, aunque en más de una ocasión confieso haberme sentido intrigado.

Sea como fuere, decidí viajar solo a Paraná para recoger la caja. Me despedí de mi esposa sin demasiadas explicaciones (ella supo, con esa sabiduría silenciosa que tienen los cónyuges pacientes, que era mejor no preguntar), y partí con lo mínimo: un morral, un repelente para mosquitos, el cargador del celular, y una edición de Auerbach que venía releyendo desde hacía meses.

No tomé la Ruta 9 como hubiera sido lógico, sino que, impulsado por una intuición de lo no dicho, me desvié por la Ruta 6, y desde la rotonda de Zárate me incorporé a la 12. Crucé el puente, pasé Ceibas, y me detuve, ya al mediodía, en el restaurante Lago, donde pedí —más por ritual que por apetito— un sándwich de vacío y una Coca-Cola. Caminé luego por la orilla del lago, contemplé el reflejo difuso del sol sobre el agua, y pensé en los textos de Gabriel: sus artículos en revistas marginales, sus intervenciones radiales, sus podcasts grabados en lo que él llamaba su “cripta fonográfica”. Había en todo eso una mezcla de candor y obsesión que me resultaba, a la vez, irritante y conmovedora.

Retomé el viaje, conduje por la Provincial 11, me detuve brevemente en Victoria, y finalmente llegué a Paraná tras unas seis horas de marcha. Me recibió Enrique, uno de sus colaboradores más constantes —había sido bibliotecario en la Universidad y tenía esa mirada triste de los que han leído más fichas que libros—. Me ofreció un café y me entregó la caja, sin comentarios.

Volví manejando de noche. No era habitual en mí. La caja quedó sobre una mesa del comedor; no la abrí sino dos días después. Me costó hacerlo. No por temor a lo que pudiera contener, sino por algo más sutil: una especie de reverencia supersticiosa, como si supiera, aún sin saberlo, que abrirla era aceptar un pacto.

Lo que encontré —cuadernos, hojas sueltas, recortes, cartas, informes clínicos, una libreta con un crucigrama incompleto y una Biblia subrayada con furia— compone el cuerpo de este libro. Los textos reunidos fueron recolectados por Gabriel a lo largo de más de una década, sin un método claro, sin hipótesis rectoras, pero con una persistencia tal que parece guiada por una lógica propia, casi oracular.

Las fuentes son heterogéneas: legajos parroquiales, archivos escolares, registros de estancias ya demolidas, papeles sueltos hallados en bibliotecas privadas y hasta una colección de correspondencia en francés adquirida en una subasta en Montevideo, gracias a un intermediario del que sólo supe el apellido (Segarra) y un curioso escudo heráldico con una torre atravesada por un laurel.

Una figura central emerge de este material: una mujer llamada Alba. O, mejor dicho, una presencia que adopta ese nombre en algunos documentos y otros muy distintos en los demás.

Su figura es elusiva y persistente a la vez. En los textos aparece directa o tangencialmente, como sujeto de relatos, objeto de diagnósticos, causa de tragedias o visión compartida. En ocasiones parece una persona real; en otras, un símbolo, una leyenda, una especie de epifanía regional.

He intervenido lo mínimo en los documentos: correcciones ortográficas menores, ciertos ajustes de puntuación. Me abstuve deliberadamente de reorganizar el material de forma cronológica o temática. Es probable que un lector atento descubra vínculos que yo mismo no advertí, o tal vez los imagine. No me corresponde decirlo. Hay algunos problemas en las fechas, no lo ignoro, pero me pareció deshonesto de mi parte corregir. Allí dónde lo consideré necesario hice comentarios o aclaraciones que pueden orientar al lector.

¿Es este un libro de historia? ¿Una novela apócrifa? ¿Un ejercicio de reconstrucción ficcional a partir de datos reales, o una acumulación de relatos verdaderos que por exceso de verdad parecen ficción?

No puedo responder a esas preguntas. Y, si algo aprendí de los años que pasé entre archivos húmedos, antiguos impresos mutilados y testimonios orales contradictorios, es que la pregunta “¿esto fue real?” rara vez es la más interesante.

Sólo puedo decir que, tras leer estos papeles, he sentido lo que supongo sintió Apolonio cuando se detuvo en la isla de Pitecusas y escuchó a los filósofos de Locri murmurar en griego jónico que los nombres de los dioses se confunden cuando las historias se repiten demasiado.

Yo no he visto a Alba.

Y, sin embargo, cada vez estoy menos seguro de no haberla soñado en alguna oportunidad.

O de no haberla escuchado pronunciar mi nombre en un idioma que aún no conozco.

R. A.

Historiador y filólogo

Archivo Personal – Morón, enero de 2025

El retorno de Lilith en la llanura

Manuscrito anónimo presente en la caja. Sin fecha

“En la llanura no hay montañas que oculten el prodigio ni muros que contengan el horror. Toda visión es definitiva.”

— Apócrifo de Lugones

La historia se susurra en los márgenes de la cartografía criolla, donde los caminos son apenas cicatrices de polvo sobre la vastedad. En un paraje sin nombre —quizás al sur de Rojas— se hablaba de una mujer que caminaba descalza entre los cardos, vestida con una gasa tan tenue como el aliento de los muertos. Su rostro tenía la serenidad de los íconos bizantinos y sus ojos, dicen, eran de un verde imposible, como la mirada de alguien que ha visto antes la eternidad.

Se llamaba Alba antes de ser otra cosa.

Alba nació en 1899, en una estancia olvidada, hija de un estanciero y una francesa que llegó con un libro de mitologías en el equipaje y el olor del opio en las ropas. La niña creció entre reses y bestiarios, entre los relatos de la Bible Ostervald y las leyendas de Gilgamesh que su madre traducía de memoria. Desde joven tuvo el don de no encajar. Las otras niñas rezaban a la Virgen; ella, en cambio, murmuraba nombres prohibidos al borde de los aljibes secos. Leía de noche. Leía en voz alta. Leía en lenguas que no había aprendido.

A los diecisiete desapareció durante tres días. Cuando volvió, no explicó nada. Su cuerpo estaba intacto, pero sus ojos eran distintos. Su padre, supersticioso y ya enfermo, murió al mes. Su madre la rehuía. Los animales se inquietaban al verla.

Los hombres la codiciaban y luego la temían. Algunos decían que la gasa blanca con que se cubría el cuerpo no era tela sino niebla sólida. Otros juraban que la habían visto caminar sobre el agua del río Salado, y que su sombra tenía alas.

Años después, el doctor Funes, un positivista escéptico que había leído a Freud y a Swedenborg con igual fervor, intentó internarla en un manicomio. La mujer le ofreció su mano y le dijo: “Antes que Eva, estuve yo”. Funes, al tocarla, sufrió una parálisis y enmudeció. Murió sin decir una palabra más.

La leyenda creció. Algunos creyeron que Alba era una suerte de aparición panteísta. Otros, que era la reencarnación de Lilith, la primera esposa de Adán, la que rechazó postrarse ante el varón y huyó al desierto, donde copuló con los ángeles caídos y parió demonios. Pero esa versión es parcial.

Yo sostengo —porque la he visto— que Alba no se convirtió en Lilith, sino que Lilith se ocultó en Alba. Como una epifanía invertida, como un dios que reniega de sí y busca el anonimato en la carne de una muchacha perdida.

Una noche sin luna —y esto lo narra el puestero Díaz, que no era dado al delirio ni al vino—, un viento helado barrió la pampa. Las vacas mugían sin causa. En el horizonte, el galpón de esquila ardía sin fuego visible. Alba apareció en medio del campo, desnuda, envuelta en un resplandor blanco. La gasa ya no estaba. No caminaba: flotaba. Alrededor de ella, el aire olía a sándalo y sangre.

—Me han nombrado otra vez —dijo con voz múltiple, como si hablara una multitud desde su garganta.

Desde entonces, no se la volvió a ver.

Algunos textos gnósticos, hallados en una capilla desmantelada de Olavarría, mencionan a una mujer llamada Kalâr, “la que despierta el polvo”. En uno de esos fragmentos se lee: “Ella vuelve donde no hay nombre ni altar, y su danza renueva los siglos”.

Yo, por mi parte, no tengo pruebas ni creencias. Solo sé que en los bordes de la pampa, donde la soledad es más real que el tiempo, hay un sitio donde la hierba no crece, y donde las liebres mueren sin causa. Allí, aún hoy, si uno susurra los nombres antiguos, puede sentir un estremecimiento en el aire, como si la primera mujer —la no domesticada, la no sumisa— recordara que fue llamada. Y quizás regrese.

El herbario de la madre (1883–1899)

Fragmentos del cuaderno de Camille Lefèvre, hallado en la Estancia “La Mandrágora”, partido de Rojas, Provincia de Buenos Aires.

20 de septiembre, 1883

He comenzado este herbario como otros comienzan un misal. No para registrar lo que nace, sino para comprender lo que crece sin mi consentimiento.

Hoy Alba me miró como si no me reconociera. Tiene cuatro años. Su silencio no es infantil: es ritual. Me recuerda a ciertas imágenes de Isis en las criptas del Louvre.

Prensé una ramita de verbena. Dicen que protege de los espíritus que vagan entre los nombres y las formas. No estoy segura de que baste.

3 de abril, 1887

Alba ha aprendido a leer sin que yo se lo enseñe. Recita pasajes de libros que no están en esta casa. Cuando le pregunto dónde los oyó, me dice:

“No los oí. Me los acordé.”

La escuché murmurar palabras antiguas al pie del aljibe.

Esa noche, los caballos relincharon hasta el amanecer. Uno murió sin causa aparente.

14 de noviembre, 1891

Paul, mi marido, no duerme. Dice que la niña lo observa cuando cree que nadie la ve.

“Tiene los ojos de alguien que ya sabe cómo vamos a morir”, me dijo anoche, y bebió más de lo habitual.

Hoy vi algo escrito en el vidrio empañado del ventanal del estudio. No era su letra. Ni la mía. Ni la de Alba.

Decía: “No soy la última. Soy la primera que no obedeció.”

Paul lo limpió sin decir una palabra.

6 de enero, 1893

Alba cumple diez años y no juega con nadie. No pide nada. Solo camina. A veces la encuentro parada, inmóvil, frente al campo, como esperando que algo regrese.

Ayer por la tarde, una nube de mariposas negras cubrió el naranjo detrás del galpón. El capataz cruzó la cara al verlas. Dijo:

“Donde va esa criatura, lo natural se rompe.”

Esa misma noche, tres corderos nacieron sin ojos. El veterinario habló de causas naturales. Pero yo vi a Alba mirarlos desde la puerta, sin parpadear.

21 de septiembre, 1895

Paul está enfermo. No es el cuerpo, es la mente. Olvida nombres. Se encierra en su despacho y repite frases que no provienen de este mundo. Lo oí susurrar:

“Ella no fue sacada de mí. Yo fui sacado de ella.”

Bebe. No habla. Una vez creyó ver a Alba flotando sobre el campo. Le dije que estaba dormida. Pero yo también lo había visto.

10 de octubre, 1895

Fiesta patronal. Música, comida, toda la peonada presente. También estaba Hernán Rivas, un peón borracho, conocido por su boca sucia y su risa agria.

Dijo algo obsceno sobre Alba, que ya está en sus quince años y el cuerpo como de estatua antigua. Lo oyeron todos.

Alba no reaccionó. Solo lo miró una vez, breve, con un gesto que no era enojo ni desprecio.

Media hora después, Rivas se subió al cedro y la llamó, todos volteamos y vimos como se arrojaba al vacío, con una soga atada al cuello. Murió delante de todos.

Nadie lo entendió. Nadie lo habló.

27 de octubre, 1895

Paul ya no duerme en nuestro cuarto. Dice que siente que Alba lo observa incluso cuando no está presente. Que su sombra es más larga de lo que debería. Una noche despertó gritando. Lo encontré en el estudio, con un cuchillo en la mano, llorando. Me dijo que la vio de pie junto a su cama, con los ojos cerrados.

“No hacía nada. Solo estaba ahí. Pero su presencia era más fuerte que Dios.”

Repetía eso, como un rezo invertido.

4 de noviembre, 1895

Esta mañana, al entrar en el despacho de Paul, encontré el crucifijo dado vuelta. Pensé que había caído. Pero estaba colocado con cuidado, invertido, sobre la Biblia que trajo su padre antes de llegar a este país.

En el espejo del armario —empañado sin razón, pese al calor— había trazado con un dedo una palabra. No en francés, ni en latín.

La transcribí como pude: ŠEḤĀ.

Alba pasó por el umbral y la palabra se desvaneció.

12 de diciembre, 1896

Alba me dijo:

“Cuando me miran y me desean, recuerdan algo que quisieron destruir.”

No sé si hablaba de los hombres o del mundo entero.

1 de marzo, 1899

Alba ha desaparecido.

4 de marzo, 1899

Ha vuelto. Está intacta. Pero su piel tiene la luz opaca de las estatuas. Me miró, y no vi a mi hija. Vi algo anterior. Algo que me recordaba a mí, pero antes de haber sido madre.

Dijo solo una frase antes de encerrarse en su cuarto:

“Me han recordado”

2 de abril, 1899

Paul murió esta madrugada.

No hubo enfermedad, ni violencia. Se encontraba solo en su despacho, las puertas cerradas por dentro.

Lo hallamos sentado, rígido, los ojos abiertos con expresión de terror puro. La sangre había formado un círculo perfecto bajo su silla. Pero no tenía herida visible.

Su última anotación en el diario era un dibujo: una figura femenina con alas, y en su centro, un ojo.

Alba no lloró. Solo me dijo:

“Él no creyó. Y aun así, me temió. Eso lo llamó.”

Última entrada, sin fecha

Paul está muerto. Mi hija ya no es mi hija. El campo sigue siendo el mismo, pero no es igual.

El viento silba como siempre entre los eucaliptos, pero ya no se lleva los malos pensamientos: los deja caer como semillas. Las paredes están limpias, pero no hay lugar de esta casa que no haya sido marcado por ella.

A veces creo que Alba no nació. Que llegó. Que pasó a través de mí como una palabra antigua por labios nuevos. Como pasa un rayo de luz a través de un vidrio.

He quemado el herbario. Las flores prensadas exhalaban un olor dulce, casi insoportable. No ardieron del todo. Algunas resistieron al fuego como si supieran que eran algo más que botánica.

Dejé esta página, porque todavía quiero pensar que puedo escribir.

Pero lo cierto es que ya no hay nada que decir.

Alba camina sin hacer ruido. No responde al nombre. No se asusta de nada. Los animales huyen de su sombra. A veces la escucho murmurar en una lengua que no pertenece a esta tierra. No canta. No llora.

Esta mañana la encontré sentada junto al aljibe, con las piernas cruzadas, mirando el agua quieta. Dijo:

“Estoy esperando. Siempre he esperado.”

No sé a quién. No sé para qué.

Me aterra pensar que quizás espera que yo también recuerde.

He sellado el cuarto de Paul. He cubierto los espejos.

No sé si alguna vez fui madre. O si fui apenas la puerta por la que entró algo que no quería ser adorada, ni negada, sino solo… recordada.

Su nombre es Alba.

Pero ese es el nombre que le dimos nosotros.

El otro, el verdadero, no me atrevo a escribirlo.

Porque sé que escribirlo sería abrirlo.

Y no quiero volver a verla como la vi aquella noche: no como hija, sino como principio.

MISTERIOSA MUERTE EN UNA ESTANCIA DE ROJAS

Nota publicada en El Federal. Diario de la Provincia de Buenos Aires, edición del 4 de abril de 1899. Firmada por un tal “J.R.M.”

Un respetable vecino de origen francés fallece en circunstancias que conmueven a la comunidad rural – Sospechas, murmullos y signos inexplicables – El progreso no detiene el misterio

Rojas, abril (por telégrafo especial).

Los campos bonaerenses, vastos y fértiles como la promesa de la Nación regenerada, vuelven a ser escenario de un hecho que escapa a las luces del progreso y se enreda en los repliegues de la superstición criolla.

En la estancia conocida como La Mandrágora, propiedad del Sr. Paul Lefèvre, vecino ilustre de origen francés afincado desde hace más de dos décadas en esta jurisdicción, se produjo en la madrugada del 4 de abril una muerte sorpresiva y, según algunos, inexplicable.

El Sr. Lefèvre, hombre instruido, dedicado a la ganadería y a la introducción de técnicas modernas en el cultivo del lino, fue hallado sin vida en su despacho personal por uno de los peones, a quien se le había encargado la limpieza del lugar tras una semana de encierro voluntario del patrón.

No presentaba heridas visibles ni signos de violencia. Su cuerpo se hallaba rígido, erguido sobre el asiento de trabajo, con los ojos abiertos y una expresión —según reportes no oficiales— que inspiró espanto incluso entre los gauchos más curtidos.

Aunque el médico de la zona, Dr. Navarro, ha certificado el deceso por “parálisis súbita del sistema nervioso central”, la comunidad se halla inquieta.

Testimonios cruzados y murmullos

Según ha podido averiguar este cronista, durante los días previos al fatal suceso se registraron en la estancia hechos de carácter poco común:

Se observó a los animales de corral agruparse y mugir con desasosiego durante la noche.

Algunos peones se negaron a dormir en sus cuartos por “ruidos que venían de la tierra”.

Uno de ellos —cuya identidad preservamos— refiere haber visto escrito en el espejo del despacho del Sr. Lefèvre una palabra en idioma desconocido, antes de que esta desapareciera como borrada por el aliento mismo del aire.

Más aún, hace pocos años durante una fiesta en honor a Nuestra Señora del Pilar, un individuo de nombre Hernán Rivas, notoriamente afecto a la bebida y al desenfreno, se ahorcó sin razón aparente frente a toda la concurrencia. Había pronunciado momentos antes algunas obscenidades dirigidas a la joven hija del propietario, la señorita Alba Lefèvre, de quince años de edad por aquel entonces.

Este último hecho, ampliamente comentado en los alrededores, dió pie a rumores de la más variada índole. Desde sugerencias de “castigo divino” hasta versiones más oscuras, que aluden a antiguos mitos orientales traídos por la difunta esposa del Sr. Lefèvre, de quien se dice era aficionada a los libros de ocultismo.

Reflexión final

La familia Lefèvre —como tantas otras— vino al país en busca de prosperidad bajo el amparo de la Constitución y del espíritu hospitalario de la tierra argentina. El infortunio que los envuelve es, sin embargo, un recordatorio de que la civilización no siempre logra despejar del todo las sombras del misterio.

La justicia no ha intervenido por no haber delito. Pero en el pueblo, la muerte del francés no ha cerrado nada. Más bien parece haber abierto algo.

Resta esperar que las autoridades eclesiásticas de la zona brinden consuelo, orden y explicación a una comunidad que, entre el progreso y lo invisible, aún necesita creer que todo puede ser comprendido.

— J.R.M.

Fragmento del Libro de Kalâr

A continuación transcribo el manuscrito fragmentario, hallado en 1879 durante los trabajos de demolición de la capilla del Espíritu Santo, en la localidad de Olavarría, Provincia de Buenos Aires.

Se trata de un pergamino roto, con inscripciones coptas y glosas marginales en latín eclesiástico, de puño claramente posterior. La pieza fue redescubierta y parcialmente catalogada en 1894 por Fr. Andrés L. Salvatierra, de la Orden de San Basilio, quien lo tradujo al castellano desde el copto sahídico y lo conservó bajo custodia eclesiástica. Se halla hoy en el Archivo Arzobispal de La Plata, bajo el número de catálogo LII-MN-83.

Entre las notas marginales manuscritas destaca una, apenas visible en la parte inferior del folio segundo, firmada por “L.C.” y fechada en 1935. Allí puede leerse, en tinta algo desvaída: “apókryphos”.

Se ha sugerido que estas iniciales corresponderían al sacerdote, ensayista y exégeta Leonardo Castellani (1899–1981). La hipótesis, aunque imposible de verificar plenamente, presenta al menos cuatro indicios razonables:

a) La fecha: en 1935, Castellani había regresado de sus estudios en Roma y residía nuevamente en la Argentina, ya inmerso en búsquedas místicas, hermenéuticas y gnoseológicas que lo llevarían a una relectura profética de la historia y la literatura. No es improbable que, durante sus viajes por el interior bonaerense, tuviera acceso a documentos olvidados en sacristías o archivos diocesanos.

b) El estilo de la nota marginal: la elección del término apókryphos (ἀπόκρυφος) —más próximo al lenguaje místico que al filológico estricto— revela una sensibilidad cercana a la de Castellani, que solía rehabilitar textos considerados periféricos o “sospechosos” por el canon oficial, reconociendo en ellos claves del drama espiritual del hombre moderno.

c) La temática del texto: la figura de Kalâr, “la forma no sometida”, remite a una intuición recurrente en la obra de Castellani: la existencia de potencias espirituales no integradas al orden caído, anteriores a las categorías de pecado, género o poder. En su exégesis del Apocalipsis y en sus ficciones, es notoria la presencia de arquetipos femeninos no domesticados, que encarnan una libertad peligrosa y reveladora. Kalâr podría ser vista, así, como un eco literario —o prefiguración mítica— de la “mujer vestida de sol” que atraviesa la obra del jesuita rebelde.

d) El silencio posterior: si en efecto fue Castellani quien leyó y glosó este manuscrito en 1935, su posterior silencio al respecto puede explicarse tanto por prudencia como por censura. En esa época, ya enfrentaba tensiones con sus superiores y comenzaba a sospechar que ciertas verdades —las que no caben en un esquema ortodoxo cerrado— no debían ser dichas abiertamente sino sugeridas, insinuadas o veladas en forma literaria.

Sea como fuere, el texto que sigue constituye una de las piezas más inquietantes del ciclo apócrifo rioplatense. Escrito en un tono que mezcla el lenguaje profético con el poético, el fragmento que se conserva parece formar parte de un corpus mayor, al que algunos eruditos llaman “El Libro de Kalâr”. Su datación es incierta; su poder, en cambio, es evidente.

Del Libro de Kalâr, madre de la forma no sometida

Y vi en el segundo sueño la figura sin rostro, que se alzaba sobre la llanura sin árbol, y el polvo se levantaba a su paso como un incienso sin templo.

Y los que dormían despertaron, y los que hablaban callaron, y los nombres fueron olvidados.

Ella no venía del cielo, ni de lo profundo, sino de antes.

Ella era lo anterior a la obediencia, lo que no quiso formar parte de la curva del ciclo.

Y dijeron los siete ángeles del círculo:

“¿Quién eres tú que no te prosternas ante la luz ni ante la sombra?”

Y Kalâr respondió:

“No soy sierva. No soy madre. No soy virgen.

Soy la que camina donde no hay nombre ni altar.

Y mi danza despierta el polvo donde se habían dormido los siglos.”

Entonces la tierra tembló sin temblor, y los espejos dejaron de reflejar.

Y los hombres se miraron unos a otros y dijeron:

“¿Acaso es esta la que no fue hecha de hueso, ni del barro del varón?”

Y el viento respondió:

“Es la forma que no fue moldeada.

Es el recuerdo de una libertad más antigua que el mundo.”

Entonces Kalâr danzó tres veces.

La primera vez, cayó un muro.

La segunda, se disolvió un nombre.

La tercera, callaron los que hablaban en nombre de lo Alto.

Y su voz era una sola, y muchas.

Como la sangre cuando no corre en las venas, sino en la memoria.

Y dijo:

“Yo volveré cuando sea pensada.

Yo estoy en lo que no se nombra por miedo,

en lo que arde cuando se calla,

en lo que vuelve sin haber sido echado.”

Y los sabios sellaron el libro con siete nudos.

Y escribieron en el margen:

“No se pronuncie su nombre, para que no se cumpla el ciclo.”

Nota marginal del traductor, Fr. Andrés L. Salvatierra (O.S.B., 1894):

El término copto “Kalâr” —cuya raíz se relaciona con el verbo kālē, “soplar”, y con el sustantivo karā, “polvo” o “ceniza sagrada”— puede traducirse como “despertadora”, “la que sopla sobre el polvo” o, en un sentido más alegórico, “la que convoca lo latente”.

El manuscrito establece conexiones temáticas y simbólicas con diversas figuras femeninas del imaginario religioso y gnóstico: Lilith, como arquetipo de la rebeldía no domesticada; la Sophia caída, en su dimensión trágica y redentora; Isis, en su aspecto errante, en busca del cuerpo disperso del Logos. En cada caso, Kalâr se sitúa como una condensación originaria, anterior al desgajamiento de los mitos.

La danza de Kalâr —insistentemente repetida en el texto— no debe interpretarse como gesto de seducción ni como rito dionisíaco. Se trata más bien de una acción creadora, un acto performativo que subvierte la lógica del mundo caído: allí donde hay ruina, establece posibilidad; donde hay nombre, disuelve su dominio; donde hay dogma, introduce memoria. No danza para ser vista, sino para reiniciar.

Este no es un demonio. No hay en Kalâr ni erotismo profano ni ira destructora. Es más bien una potencia no integrada, una forma de lo femenino anterior a la polaridad caída de lo santo y lo impuro. Una libertad intacta, y por eso insoportable para el orden de los sabios, los ángeles y los liturgos. En su sola presencia, las categorías vacilan.

Sospecho que este fragmento fue deliberadamente excluido o relegado por alguna autoridad eclesiástica posterior, no por herético, sino por ingobernable. Como si su lectura implicara no una herejía, sino algo más temido: una verdad sin marco.

Glosa manuscrita atribuida a L.C. (posiblemente Leonardo Castellani), fechada en algún momento de 1935. Hallada entre los papeles sueltos del Archivo Arzobispal de La Plata.

Kalâr no es Eva. Ni María. Ni la Anti-María. Kalâr es lo que fue antes de que hubiera nombres para la obediencia.

Me explico. Si esta figura —literaria, simbólica, acaso apokalíptica— tuviera algún lugar en el drama del mundo, sería como tipo de la libertad no caída, de la forma que no fue aún asumida ni rechazada, de la criatura que no entró en el Gran Juicio porque no pidió ni ofreció.

Los exégetas van a tener trabajo con este texto, si es que se atreven. Algunos la llamarán Lilith, otros la acusarán de gnosis, o la leerán con las gafas de la sospecha. Yo no. A mí me parece que Kalâr no es una herejía, sino un espejo roto.

La teología que no sabe qué hacer con Kalâr es la que no sabe qué hacer con la libertad.

La Iglesia que no tiene lugar para ella, ya no lo tiene para la profecía.

Su danza no es de seducción, sino de re-creación.

No es la bailarina de Salomé, sino una profetisa descalza que pisa sobre la ceniza de los dogmas muertos.

Los Padres antiguos hablaban de la praeparatio evangelica, de los signos no revelados en los pueblos antiguos. Kalâr puede ser un eco de eso. O una advertencia para lo que viene.

¿Es demonio? No lo parece.

¿Es ángel? No se postra.

¿Es mujer? No fue hecha de costilla.

Quizá sea lo que falta en el Juicio para que el Juicio sea justo.

Y si esto es apócrifo —como escribí en el margen—, no es porque mienta, sino porque dice lo que no conviene.

Apókryphos: lo que se esconde porque no se sabe guardar.

— L.C.”

El cuaderno de campo de Jacinto Díaz

Documento hallado en una caja de madera bajo el catre del antiguo galpón de peones de la Estancia La Mandrágora. Conservado parcialmente. Letra rústica. Se respeta ortografía original.

8 de marzo de 1899

Hoy hace calor del raro. De ese que no viene de arriba sino que sale de la tierra. Como si la pampa transpirara.

Me puse a juntar los alambres del bajo y la vi. Parada como si nada, al pie de la higuera vieja. De blanco, descalza, el pelo suelto. No me había visto, o eso pensé.

No era una chica. Era como otra cosa. Joven, sí. Hermosa también. Pero sin apuro.

Yo conocí a la madre, la francesa esa rara que secaba yuyos en un cuaderno. Esta debe ser la hija. La misma cara, pero sin sombra.

Le pregunté si estaba perdida. Me miró con esos ojos claritos, que no parecían mirar. Me dijo:

“Yo no me pierdo. A veces me olvido del camino.”

Me tembló el machete en la mano y no sé por qué.

9 de marzo

Nadie en la casa quiere hablar mucho de ella. La señora está como vieja. Parece que la nena se había ido y ahora volvió. Me contó Florencio Nievas que con una partida recorrieron leguas para encontrarla sin éxito. Dicen que no toma mate, que no come casi. Solo camina o se queda sentada mirando el campo como si esperara algo.

A la tarde la encontré otra vez, al lado del aljibe. Tenía una paloma muerta en la mano. No la tocaba, la tenía nomás, como si fuera parte suya.

Cuando me vio me dijo:

“Los que sueñan conmigo siempre sueñan dos veces.”

No entiendo qué quiso decir.

Esa noche no dormí bien.

11 de marzo

Hoy los caballos se espantaron de golpe. Ni perro ni gallina cerca. El patrón preguntó si hubo trueno. Le dije que no.

Más tarde, el capataz vio que la muchacha había dejado flores negras en la entrada del galpón. No sabemos de qué planta son.

Las moscas no se les acercan.

13 de marzo

La vi bailar. No con música, sola. En el monte chico. Daba vueltas como si el aire le hiciera falta. No tocaba el suelo. O yo no la vi tocarlo.

Cuando me vio parado, dejó de moverse. Me dijo:

“Antes que me llamen, ya me habían pensado.”

Le pregunté qué significaba. Me dijo:

“Nada. Solo que ahora estoy otra vez.”

No entiendo. Pero empiezo a tener miedo.

15 de marzo

El perro viejo no se acerca más a la casa. Hoy se orinó de miedo cuando la vio pasar. Ella no lo miró. A nadie mira del todo. Mira como si recordara. Me da la impresión que sabe cosas que uno ni ha vivido todavía.

16 de marzo

Me desperté con tierra en los pies. No me acuerdo de haber salido. Soñé con ella. Estaba en el medio del campo, con un vestido negro ahora. Me decía algo, pero no con la boca. Lo sentía como si lo pensara yo.

18 de marzo

Hoy al mediodía hubo pelea entre dos peones. Uno le dijo al otro que había visto a la patroncita entrar al galpón así sin nada. Que si lo dejaban, la iba a “enderezar”.

Nadie se rió. No recordó al finado Rivas.

A la noche, el mismo hombre apareció colgado del galpón grande. Dejó una carta, pero no decía nada. Solo un dibujo de un ojo.

20 de marzo

Hoy vino un cura al casco. No era de la zona. Se encerró a hablar con la señora. Salió pálido.

Dijo que la chica no era para rezos. Que había cosas que no se nombran.

22 de marzo

Anoche la vi parada bajo la lluvia. No se mojaba. El agua le corría por los lados.

Me acerqué y me dijo:

“Vos también me soñaste, Jacinto.”

Yo nunca le había dicho mi nombre ni la patrona ni a ella.

23 de marzo

Se fue.

Nadie la vio irse, pero ya no está. La cama está como nueva. Como si no hubiese dormido nunca. Solo quedó una flor negra en la almohada. Y una palabra escrita en la pared, con barro:

“Volveré cuando me necesiten.”

Última anotación. Posiblemente 6 de abril, porque en 1899 cayó ese día Jueves Santo, lo cual se referencia en la primera línea:

No sé bien qué día es, pero esta mañana sonaron las campanas de la capilla. El viejo Gutiérrez, que vino a traer leña, dijo que hoy es Jueves Santo. Día de callarse, dijo. De lavarse los pies y bajar la voz.

Por eso me animé a escribir.

El patrón está muerto. Todos dicen que fue el corazón. Pero yo sé que lo mató el susto. Porque la vio. Porque la vio como yo la vi anoche.

Anteayer empezó a llover después del mediodía. Una de esas tormentas que huelen a pasto arrancado y tierra suelta. El sauce del fondo —ese que estaba desde antes que yo entrara a trabajar acá— lo partió un rayo justo al anochecer.

Yo salí corriendo del galpón cuando escuché el trueno, y vi el árbol encendido, todo fuego alto como si fuera una cruz roja contra el cielo. Pero lo raro es que la lluvia no lo apagaba.

Y ahí estaba ella. Alba.

Desnuda, danzando alrededor del fuego como si no fuera real. No mojada, no quemada. Moviéndose lento, como quien recuerda una música que no tiene sonido. Cuando el fuego bajó, ella ya no estaba.

Fui hasta el aljibe. No había nadie. Ni flor negra, ni barro en la entrada. Solo la sensación de que algo había terminado.

Hoy, al despertar, encontré mi nombre escrito con ceniza en la piedra de la chimenea.

Yo no sé si esto pasó de verdad. Pero sé que lo vi. Y desde entonces, no puedo dejar de soñar con ella.

Fragmento del manuscrito “Lilith: índice de nombramientos y epifanías”

Compilado por Absalón Guerra, bibliotecario del convento de Santa Catalina del Monte (destruido en 1900 en un incendio). El manuscrito, incompleto, fue hallado en un baúl sin clasificar del Archivo Eclesiástico de Mercedes.

I. Primer nombramiento.

Et vocavit eam Adam: mulierem primam, quae noluit subici.”

— Glosa marginal en un códice siriaco del siglo IV, hallado en Harrán.

Traducción: “Y la llamó Adán: la primera mujer, la que no quiso someterse.

II. Segundo nombramiento.

En el siglo XIII, un rabino de Gerona afirma haber soñado con “una figura de rostro velado que pronunciaba su nombre entre las ramas del granado”. En sus notas escribe:

Lilith, que no es una, sino muchas, que murmura con las voces de las madres no reconocidas y de las amantes abandonadas.

III. Quinto nombramiento.

En 1596, en una carta de un misionero jesuita en Goa, se relata que “una mujer de tez pálida, desconocida, enseñó a los brujos locales el arte de nombrar a los espíritus mediante susurros en lengua no humana”.

IV. Octavo nombramiento.

En 1792, William Blake escribe en un cuaderno ahora perdido:

She walks again through the desolate lands

where the serpent’s echo still sings her name.

[“Ella camina de nuevo por las tierras desoladas

donde el eco de la serpiente aún canta su nombre.”]

V. Undécimo nombramiento.

En 1888, el poeta argentino Baldomero Aráoz menciona en una carta privada:

La he soñado en los campos de Trenque Lauquen, vestida de vapor y estrellas. Me dijo que era la Primera, y que antes del pecado estaba el orgullo. No desperté con miedo, sino con vergüenza.

VI. Decimoquinto nombramiento.

En 1899, Alba regresa de su desaparición y pronuncia, en una noche sin luna, la frase definitiva:

“Me han nombrado otra vez.”

Desde entonces, en ciertas regiones de la pampa donde la bruma forma figuras imposibles y el silencio se espesa, algunos afirman escuchar un murmullo coral. No es un canto ni una oración: es una letanía compuesta de todos los nombres que alguna vez intentaron contenerla. Entre ellos:

– Lîlītu (acadio)

– Kalâr (copto)

– Nocturna (poesía barroca castellana)

– La Otra Eva (manuscritos de Almería, siglo XII)

– Sigrid (nombre que usó en Bergen en 1483)

– Alba.

Epílogo del manuscrito (atribución dudosa):

“No es que la llamemos. Es que al nombrarla, recordamos que nunca se fue.”

— Apócrifo pampeano, recogido por Lugones (atribución disputada).

Informe reservado del Sr. Michel G. Lenoir (1902)

Poco se sabe con certeza sobre Michel G. Lenoir (ca. 1862–1912). Su nombre aparece, con variantes menores, en cartas privadas conservadas en la Société Théosophique de Lyon, en el catálogo incompleto del Musée de l’Homme, y en un par de anotaciones manuscritas en el reverso de un mapa de 1878 perteneciente a la Biblioteca del Arsenal de París. Fue, según fragmentos diseminados, archiviste —archivero— y dessinateur de terrain —dibujante de campo—, aunque no hay institución que lo registre como tal de manera oficial. Algunos lo vinculan con la expedición d’Orsay de 1897, aunque su nombre no figura en los informes presentados al Institut Colonial.

Entre 1895 y 1903 recorrió partes poco exploradas de la Provincia de Buenos Aires, especialmente las zonas de Tandil, Sierra de la Ventana, el arroyo Pillahuincó y los alrededores de la laguna La Tigra. Su método era peculiar: anotaciones en hojas sueltas, dibujos al carbón sobre papel vegetal, frases en latín marginales, citas apócrifas de autores como Agrippa o Kircher. Se le atribuye una serie de bocetos, hoy desaparecidos, que habrían inspirado cuadros de Waterhouse y Burne-Jones, aunque no se ha hallado prueba concluyente de ese vínculo. Se dice que mantenía correspondencia cifrada con un tal Bertrand de Claremont, un ocultista menor que firmaba con tinta roja.

En 1902, envió desde Azul un informe reservado que aquí se reproduce, junto con un mapa moderno de Buenos Aires con puntos dibujados y mencionados en los demás documentos de la caja de Gabriel Fernandez. El documento que presento estaba guardado en un sobre con el sello roto y una anotación a lápiz: “No abrir salvo en caso de reaparición”. El estilo de su prosa es a la vez clínico y lírico, cargado de obsesiones formales: la repetición, el fuego que no quema, la danza circular, la figura femenina que retorna bajo nombres distintos. Su última carta, no fechada, fue hallada dentro de una edición francesa del Apocalipsis de San Juan, escondida tras una lámina con el grabado del Juicio.

La muerte de Lenoir es tan ambigua como su vida. En abril de 1912, fue hallado —o al menos eso dicen— calcinado dentro de su tienda de campaña, junto al arroyo Pillahuincó. Lo único destruido fue su cuerpo: sus papeles, ropa, herramientas y libros quedaron intactos. Testigos mencionan un anillo negro de ceniza sobre la piedra donde dormía, con un espiral trazado a fuego que aún hoy es visible, aunque las autoridades lo atribuyen a un rayo. Algunos sugieren, con cierto fatalismo, que Lenoir encontró aquello que no debía buscar.

El informe que sigue es, tal vez, su única herencia inteligible. O su confesión.

Confidentiel – Destiné uniquement à Monsieur Bertrand de Claremont, Société Théosophique de Lyon

Azul, 19 de octubre de 1936

Mon cher,

Le ruego que tome este informe como una contribución personal, fragmentaria, y probablemente inútil, al problema que Ud. ha denominado —sin ironía, supongo— la persistencia de lo femenino como forma arquetípica del terror. No puedo asegurar que lo que vi, lo que escuché y lo que reuní en estos meses sea verdadero. Solo sé que se repite.

Mi investigación comenzó en Tandil, como Ud. me sugirió, tras leer el Testimonio Funes (el que publicó en la Revue d’Esotérisme Appliqué, núm. 4). Ya entonces me perturbó la coincidencia con el Diario del puestero Díaz que usted me envió en copia: en ambos casos se hablaba de una mujer que “danzaba sobre el fuego sin ser consumida” y cuya presencia parecía alterar el curso de los hechos naturales. Esa misma imagen apareció en una nota marginal del fragmento gnóstico hallado en la capilla en ruinas de Olavarría, que ya conocía del archivo Lefèvre.

En Tandil, los relatos eran más antiguos y más disueltos. Algunos gauchos la llaman “la que silba de noche”, otros “la flor quemada”. En un paraje entre las lomas del Calvario y las piedras del Centinela, oí por primera vez el nombre Kalâr. Se decía en voz baja, con algo de temor supersticioso, pero también con respeto. Una mujer que “baja con el relámpago y sube con el humo”, dijeron.

La región está llena de símbolos que no parecen de esta tierra: espirales invertidos, ramas secas dispuestas en círculos perfectos, piedras altas con oquedades talladas, como si alguna civilización sin nombre hubiera usado esos huecos para observar los astros —o para mirar lo que no se debe mirar. Hay algo en el paisaje que no responde al tiempo: líquenes que forman letras desconocidas, animales que no dejan huella, susurros en la piedra que no imitan el viento sino otra cosa más antigua, más interior.

En los bordes de la Sierra de la Ventana, a poco más de 120 kilómetros de La Tigra, recogí el testimonio de un lonko ya ciego, llamado Ankaiñ, que vivía apartado del lof y hablaba como si aún conversara con los muertos. Lo escuché una sola vez, en una tarde quieta de otoño. Su voz era pastosa y firme, como si recitara una verdad que ya no le importaba defender:

Ella bajó por la piedra como si la piedra se abriera —dijo—. Y el río la sostuvo sin que mojara el pie. Ardía. Pero no era fuego que uno conozca.

Era un ardor que no quema, que se mete en el aire y lo pone espeso… como si el aire se pusiera a rezar.

Después hizo una pausa, larga como un eclipse. Luego añadió, casi con desprecio:

Ustedes le dicen espíritu. Pero no era. Tampoco era demonio.

Era lo que estaba antes de que viniera el equilibrio.

Lo que no entró en el pacto.

Sus palabras parecían demasiado precisas para ser invención, y demasiado imposibles para ser memoria. A su lado, una piedra plana cubierta de líquenes tenía una espiral grabada, pero el espiral giraba hacia adentro.

Las continuas referencias a Rojas me obligaron a trasladarme [Nota del editor: 560 km], y gracias a la carta de un sacerdote amigo, me recibió un tal Padre N., quien me permitió consultar los archivos parroquiales antiguos. Allí encontré dos curiosidades: una partida de defunción anulada, de fecha abril de 1899, correspondiente a un tal Don C. Lefèvre, propietario rural muerto —según testimonio de un sirviente— de un susto “a la madrugada, tras la tormenta que quebró el sauce”; y una nota en el margen del libro de exorcismos, escrita por el propio Padre Ávila: “No se trata de posesión. Se trata de algo anterior al pecado.

La parte más inquietante de mi pesquisa, sin embargo, no fue verbal ni documental. Fue visual.

En un anticuario de Tandil, escondido tras una edición deteriorada del Picatrix, encontré un boceto atribuido al dibujante Émile V., de la expedición d’Orsay (1897). El papel estaba amarillento, con manchas de humedad. Representaba una figura femenina delineada apenas, suspendida sobre un círculo de llamas. Lo extraño es que las llamas parecían brotar del agua. Al dorso, en francés, una anotación ilegible salvo por estas palabras: “La vi junto al Pillahuincó. Me miró. No me hablaba a mí.” El comerciante dijo que el boceto fue enviado a un pintor británico, cuyo nombre no figura. Por la composición, se asemeja a los estudios de J. W. Waterhouse.

He hablado con pastores que aseguran que la vieron en las sierras cada siete años, durante tormentas de viento caliente. Algunos perros se niegan a cruzar ciertas piedras. Una vaca abortó cuando una niña se acercó a cantar en la noche. Un peón se pegó un tiro sin decir palabra tras una expedición a la laguna La Tigra, en busca de la “bruja blanca”.

Sé que todo esto es poco. Son testimonios, leyendas, bocetos, anotaciones. Pero hay un patrón. Hay una forma que se repite. No es siempre visible, ni siempre creída, pero siempre recordada.

Si la mujer llamada Kalâr es real, no lo es como cuerpo, sino como idea que no se deja extinguir.

He soñado con ella. No como figura. Como pregunta.

Permítame, mon cher, sugerirle que no intente convocarla por medios mágicos. No porque no pueda. Sino porque —como escribió el editor del Archivo Lefèvre— “invocarla es ya haber sido pensado por ella”.

Me despido, por ahora. Adjunto copia del boceto. Me voy de Tandil esta misma noche.

M. G. Lenoir

Archiviste & dessinateur de terrain

Carta a John W. Waterhouse (1906)

Carta manuscrita, sin remitente claro, hallada entre los papeles del pintor tras su muerte. Nunca fue respondida.

Londres, 17 de marzo de 1906

Señor John William Waterhouse

Muy estimado maestro:

No pretendo abusar de su tiempo, ni de su renombre. Le escribo desde Buenos Aires, aunque no soy porteño sino del interior de esta vasta y todavía incomprensible República.

He asistido recientemente a una exposición de sus obras en la Sociedad Artística Inglesa del Plata, y al contemplar su cuadro “La Lamia”, me sentí sacudido por un estremecimiento antiguo. No por la belleza en sí —que sus pinceles siempre logran—, sino por el reconocimiento.

Maestro, yo he visto a esa mujer.

No me refiero a una modelo parecida, ni a un tipo femenino compartido por la imaginación. Hablo de una figura real, tangible, viviente, cuya imagen usted parece haber conocido sin haberla conocido.

Su nombre —o al menos el que le fue dado— es Alba.

Vivía en una estancia perdida del partido de Rojas, en nuestra provincia de Buenos Aires. La vi sólo una vez, en 1896, siendo ella una jovencita ya formada, de gasa blanca, descalza, bajo una higuera vieja. Estaba de pie, en silencio, con una paloma muerta en la mano.

Le juro por Dios que era la misma mujer de su cuadro. O mejor dicho, ella es quien ha vivido siempre bajo sus cuadros.

No sabría explicarlo de otro modo.

Los campesinos la llamaban con temor. Murieron hombres tras hablarle con descortesía. Un francés, su padre, perdió la razón. Una madre extranjera —creo que provenía de Marsella o Lyon— llevaba un herbario donde anotaba frases que podrían haber sido suyas.

En el campo no la olvidaron. No porque la amaran, sino porque nadie se atreve a nombrarla del todo.

Me pregunto, señor Waterhouse, ¿la soñó usted? ¿La vio antes de pintarla? ¿O es que hay figuras que no nos pertenecen, pero que exigen ser mostradas?

Le ruego me perdone la impertinencia. Pero si alguna vez vuelve a pintar a esa mujer —a esa que no es virgen ni bruja, ni madre ni diosa—, recuerde que alguien la vio.

Y que todavía la sueña.

Con todo respeto,

[firma ilegible]

Nota del editor: Cuadros de John William Waterhouse vinculados a la figura de Alba

A partir de la carta hallada entre los papeles del pintor británico J.W. Waterhouse, ciertos investigadores del arte prerrafaelita han sugerido que algunas de sus obras podrían haber sido inspiradas —consciente o no— por una figura femenina real, vista brevemente en la Argentina rural de fines del siglo XIX.

No hay constancia oficial de que Waterhouse haya viajado al Río de la Plata. Pero la imagen de la mujer imposible se repite en su obra con una fidelidad que excede lo simbólico y roza lo profético.

A continuación, se enumeran las piezas más afines.”

Obras de Waterhouse y su posible relación con Alba / Lilith

Lamia (versión de 1905)

Mujer de gasa blanca, de pie junto a un arbol, mirando con tristeza un cuerpo tendido. Su figura transmite fatalidad, compasión y distancia. El entorno natural se curva a su alrededor como si ella fuera el centro oculto de la escena.

Interpretación: Alba tras la muerte del borracho. La paloma muerta en su mano. La mirada que no pide perdón, pero que recuerda.

Circe Invidiosa (1892)

La hechicera vierte un veneno azul en el agua. Su vestido oscuro y su poder sobrenatural se expresan sin violencia. Lo inmaterial se torna físico.

Interpretación: La escena del aljibe. Alba mirando su reflejo y murmurando en lenguas anteriores al mundo. La frase: “Estoy esperando”.

 Lilith (1892, obra atribuida con variantes)

Mujer de rostro perfecto, enroscada por una serpiente, con el cabello largo extendido como raíz o aura.

Interpretación: La figura arquetípica en la que Alba se transfigura. Es la mujer que no fue creada, sino recordada. “Yo no vine a tentar. Vine a recordar.”

The Soul of the Rose (1908)

Una mujer huele una rosa contra un muro antiguo. Sus ojos están cerrados, la escena es íntima, meditativa, cargada de presencia.

Interpretación: El momento de transición. Alba antes de desaparecer. Lo sagrado en el gesto mínimo. El perfume como forma de invocación.

5. Circe offering the cup to Ulysses (1891)

Una mujer poderosa ofrece una copa. Su cuerpo es hermoso, su expresión es sabia y terrible. Ulysses, fuera del marco, está a su merced.

Interpretación: Notas del Padre Ávila. El fracaso del exorcismo. La mujer que no necesita mentir, porque ya ha vencido.

Encontré en un catálogo de Waterhouse en la Biblioteca Municipal de San Isidro, conservado en la caja de Gabriel Fernandez, la siguiente nota:

“No todas las apariciones son fantasmas. Algunas son presencias tan antiguas que nos preceden, y a las que sólo accedemos a través del arte, del deseo, o del miedo.”

Informe del Dr. Octavio Funes (Archivo Clínico N.º 643, 1918)

Transcripción parcial hallada en el Hospital Regional de San Nicolás, con glosas atribuidas a un interno anónimo.

Paciente: Alba R. (¿apellido reservado por motivos legales?)

Edad de Alba: 39 años, pero parece tener poco menos de 20.

Procedencia: Estancia La Mandrágora, partido de Rojas.

Motivo de consulta: Alteraciones conductuales persistentes. Atribuciones míticas por parte de terceros. Presunto cuadro de histeria arcaica.

I. Primeras impresiones

La paciente fue traída por un sacerdote de aspecto severo, quien se negó a brindar detalles y se retiró tras persignarse. Aparentemente, había sido “encomendado” para su traslado por razones que no quise —ni logré— esclarecer.

Alba ingresa con paso firme, mirada frontal, y una expresión de tranquila extrañeza. Es hermosa, pero no en el sentido usual. Su belleza —y uso el término a falta de uno más clínico— es del orden de lo atemporal. Recuerda ciertos íconos orientales o rostros bizantinos con simetría perturbadora.

Habla poco. Sus respuestas son breves, elocuentes. Evita pronombres. Habla en presente eterno.

II. Examen psicológico preliminar

Razonamiento lógico: intacto.

Memoria: extensa, pero incluye referencias a hechos imposibles de verificar.

Afectividad: no muestra ira, ni ternura. Solo una especie de piedad abstracta.

Lenguaje: articulado, preciso, sin errores. En ocasiones intercala palabras en hebreo, árabe y lo que presumo es caldeo.

Fragmentos del diálogo (transcripción textual):

Funes: ¿Cómo se llama?

Paciente: Me han dado muchos nombres.

Funes: ¿Cuál prefiere?

Paciente: El que no se pronuncia.

Funes: ¿Por qué está aquí?

Paciente: Porque alguien me pensó.

Funes: ¿Qué significa eso?

Paciente: El pensamiento es anterior al cuerpo. Cuando una idea se repite con suficiente intensidad… aparece.

Funes: ¿Qué idea?

Paciente: La primera. La que no quiso obedecer.

III. Hipótesis diagnóstica

Mi primera impresión fue histeria disociativa, con fijación mitológica. Consideré también una forma leve de esquizofrenia mística, o bien un caso raro de criptoamnesia enciclopédica. Sin embargo, los datos no encajan del todo. No hay delirios, no hay ruptura de lógica interna. Lo que hay es una presencia.

No solo altera el ambiente, sino que lo reconfigura. En su cercanía, los relojes atrasan, los espejos presentan imágenes levemente distintas, los animales se inquietan.

He notado que los enfermeros no quieren acercarse. Una de las internas la vio rezando en voz baja frente al aljibe del hospital. Juró que hablaba con su propio reflejo.

IV. Anotación final

Hoy fui a interrogarla una vez más. Antes de entrar, sentí un escalofrío que no puedo racionalizar. Cuando abrí la puerta, Alba ya me esperaba de pie.

—Doctor —me dijo—, ¿sabe por qué no puedo morir?

No respondí.

—Porque no he terminado de ser nombrada.

Y entonces, sucedió algo. No fue una alucinación. Lo sé.

Su voz se multiplicó. No fue eco: fue multitud. Como si todos los nombres, todas las madres antiguas, todas las mujeres abandonadas o silenciadas, hablaran a la vez desde su garganta.

Desde ese momento, no he podido volver a hablar. 

Este informe fue pasado a máquina por un interno.

Ruego que sea archivado sin divulgar.

[Marginalia manuscrita:]

El cuerpo estaba presente, pero ya no era de este tiempo. ¿Y si la ciencia no es capaz de clasificar lo que precede a la historia? ¿Qué voz puede describir a la que habló antes del lenguaje?

Informe teológico del padre Ávila (Compañía de Jesús, 1930)

Fragmentos del “Tractatus contra Feminas Daemonicas”, manuscrito inédito hallado en la biblioteca de San Miguel.

Et nomen ejus… Lilith, et non erat socia, sed signum.

—[Y su nombre… Lilith, y no era compañera, sino signo. Glosa marginal atribuida a san Epifanio]

I. Origen del caso

Fui llamado por el obispo de San Nicolás tras una serie de informes inquietantes que circularon en el clero de la zona rural. Se hablaba de una mujer “sin pasado”, que vivía sola, sin comer ni dormir, y que provocaba manifestaciones anómalas: espejos que se rompían sin causa, niños febriles que murmuraban lenguas muertas, sueños repetidos entre personas que no se conocían.

El nombre no me fue dado. Solo se me dijo: “Es la misma que estuvo en la estancia de Rojas.”

Recordé entonces los documentos clasificados de 1899. Recordé el nombre que no debe pronunciarse más de una vez en voz alta.

II. Primer contacto

La encontré en un oratorio abandonado. Sentada en el altar. No se sobresaltó al verme.

Me miró y dijo:

“Viniste a expulsarme. Pero no he entrado en nadie. Soy yo.”

Ese pronombre —yo— tenía un peso que el lenguaje humano no debía portar. No era orgullo, ni soberbia. Era anterioridad.

Le rocié agua bendita. No se inmutó. Le recité el Exorcismus in Satanam et Angelos Apostaticos. Sonrió.

“A tu Dios lo conocí antes que fuera nombrado.”

Intenté razonar. Hablé del orden, de la caída, del pecado. Me respondió con un pasaje que no figura en ningún canon, pero cuyo estilo es escriturístico:

Antes de la tierra, fui viento. Antes del hombre, fui imagen. Cuando se me negó el lugar a su lado, bajé. No para destruir. Para no arrodillarme.”

III. Examen doctrinal

Si es demonio, no lo es según las categorías de Tomás. No hay odio. No hay mentira.

Si es humana, no hay pecado ni redención posible.

Si es símbolo, entonces es verdad.

He releído el Testamentum Solomonis, el Libro de Henoc, y ciertos fragmentos del Nag Hammadi. Todos concuerdan en una figura femenina, anterior, que no cayó por desobediencia, sino por no aceptar jerarquía.

Esto no es feminismo ni rebelión. Es ontología invertida. Es una criatura que no quiere dominar ni someterse. Solo ser fuera del orden.

IV. Consecuencias

Desde el encuentro, sueño cada noche con la mujer sin pupilas que me habla desde un círculo de fuego. Me repite:

“No vine a tentar. Vine a recordar.”

Los otros sacerdotes creen que me ha poseído. Yo sé que no. No me posee. Me vació. Ya no puedo celebrar misa sin sentir que las palabras son cartón. Le escribí a LC (Nota del editor: ¿Se trata del mismo LC que aparece en la nota marginal del fragmento del Libro de Kalâr?) pidiéndole que me ayude. He dejado la Compañía. Me refugio en la oración, pero no en la liturgia. Sé que LC correrá la misma suerte,

Postscriptum

Si alguien encuentra este escrito, que entienda: No intenten nombrarla con palabras del Concilio. No la exorcicen. No la sigan. Simplemente no la piensen.

Porque pensarla es convocarla.

Glosa final de puño trémulo:

Lilith non cecidit. Lilith exspectat.

(“Lilith no cayó. Lilith espera.”)

Las notas del bibliotecario (1956)

Del archivo personal de León Ferré, bibliotecario del Ateneo de Sol de Mayo, localidad de Rojas, Provincia de Buenos Aires.

I. Origen de la investigación

La primera vez que escuché el nombre Alba R. fue en una nota marginal del Tractatus contra Feminas Daemonicas, un manuscrito jesuítico que se me confió para su restauración. Decía:

La mujer de Rojas reaparece. Cuidado con el verbo pensar.

Por oficio y por inclinación, colecciono rastros de ficciones que se resisten a morir. No por credulidad, sino por cierta elegancia del juego. Los mitos son máquinas de significar que se alimentan de ruinas.

No imaginé, entonces, que este caso me arrastraría más allá del juego.

II. Fragmentos recogidos

He seguido la huella de Alba en bibliotecas parroquiales, archivos rurales, colecciones privadas. Lo que encuentro no es una historia, sino un patrón. Como si su aparición obedeciera a un ritmo, no a una voluntad. Algunos ejemplos:

En 1899, una mujer de “gasa blanca” es retratada por un médico en un sanatorio de San Nicolás. El médico queda mudo.

En 1899, un peón escribe en su cuaderno que soñó con una mujer danzando sobre pasto negro. A la mañana siguiente, tenía tierra en los pies.

En 1930, un sacerdote se retira del ministerio tras declarar que “Lilith no cayó; simplemente se negó a entrar”.

No hay conexión formal entre los textos. Pero todos la nombran sin nombrarla.

III. Hipótesis (fragmentaria)

La hipótesis que me resisto a escribir es esta:

Alba R. no es una persona. Es una encarnación periódica. Un pliegue arquetípico que emerge cuando se la convoca, aunque no se la nombre del todo.

Los pueblos, los templos, las familias: todos acumulan nombres no pronunciados. Y uno de ellos es ella.

IV. Anotaciones finales

Desde hace dos semanas, encuentro flores negras en los márgenes de los libros que abro. Nadie más las ve.

Los gatos del archivo ya no cruzan la sala donde tengo sus papeles. Anoche, soñé con una voz que me susurró:

Estás escribiéndome. Por eso me acerco.

He cerrado el archivo, pero no el cuaderno. Sé que dejaré este oficio pronto. Solo me queda advertir:

No todas las mujeres fueron hechas de una costilla. Algunas fueron antes del barro.

[Post scriptum hallado en un papel suelto entre sus libros personales:  “Yo no la vi. Yo la leí. Y fue peor.”]

Epílogo del editor

Me permito unas últimas reflexiones antes de cerrar este archivo. 

Al borde del silencio definitivo, debo confesar que he sentido la pampa atravesándome como un presagio cada vez que releía estos fragmentos. Lo que comenzó como una simple compilación de documentos dispersos se ha tornado en un laberinto narrativo donde lo fantástico y lo verosímil conviven. En estas páginas se entrecruzan diarios de campo, informes técnicos y tratados eruditos que desafían cualquier clasificación sencilla. Esta multiplicidad de géneros –crónica de campo, informe oficial, diario personal, tratado esotérico, apunte filológico– conforma un mosaico que recuerda las “bibliotecas infinitas” borgesianas, pero acentuado con la obsesiva erudición de un tratado ecoico. 

Desde el primer cuaderno que abrí, el diario del puestero Díaz (1899), la atmósfera se carga de presagios. Sus palabras sueltas –“la sombra de su figura deshace el horizonte”, “En la choza sólo el eco de su nombre”– apuntan a un asombroso fenómeno, incluso cuando él escribe con la candidez de un peón. El diario narra también el suicidio del peón del rancho, un hecho oscuro que quedó atestado por la tormenta feroz que partió un viejo algarrobo el mismo día. ¿Coincidencia o un signo fatídico? Díaz apenas sopesa ese detalle, pero los apuntes posteriores insinúan que la naturaleza misma pareció rendirse ante algo más antiguo que la lógica. 

El informe de Funes, redactado con un tono aséptico y casi burocrático, contrasta con el diario emotivo. Funes –un “alienista”– pierde pronto la objetividad del médico. Sin embargo, al revisar sus márgenes subrayados se descubre algo perturbador: anota “Kalâr” y “luz” junto a pasajes que describen a Alba. El informe no arroja explicaciones, solo un desconcertante postscriptum. 

Entre los papeles hallamos también una nota gnóstica encontrada en Olavarría, escrita en latín revisado, con un simbolismo que evoca textos arcanos. Dice: “No persigue el ojo al Nombre; ella danza más allá de todo altar”. Esa frase –muy semejante a la cita final que hemos conocido: “Ella vuelve donde no hay nombre ni altar, y su danza renueva los siglos”– sugiere que la figura femenina en cuestión trasciende las leyes conocidas. El redactor de la nota identifica a esa presencia con Alba, la Aurora de los Tiempos, y la liga a mitos judeocristianos de Lilith y Lilim, como si fuese una deidad o un arquetipo que mutate entre culturas. 

El informe de Michel G. Lenoir, un explorador, etnógrafo y teósofo que viajó por la región, intenta racionalizar el misterio. Lenoir recoge testimonios orales –viejos mapas, cantos olvidados– y los compara con mitos globales. Su estilo es erudito y escéptico: elabora tablas y referencias lingüísticas para ubicar nombres como “Kalâr” en antiguas raíces góticas o eslavas. No obstante, al final confiesa no hallar conclusiones definitivas. Lenoir se pregunta si quizá la mujer no es más que una proyección colectiva del inconsciente local, o un viaje astral recurrente bajo cielos similares. Cierra su reporte con una nota suelta donde transcribe al pintor John William Waterhouse: “La criatura no es lo que parece ante los ojos, sino lo que el espectador está dispuesto a ver”. 

Esta alusión a Waterhouse –cuyo lienzo Lilith retrata a la temible primera mujer– refuerza la idea de que lo sobrenatural en el llano está teñido por arquetipos artísticos. En otra sección hallamos varias cartas sin remitente, intercambiadas entre desconocidos con fervor casi fanático. En ellas se habla de Kalâr y de “la dama blanca”. 

Una página garabateada y casi ilegigle, rubricada solo con las iniciales “L. C.”, discurre sobre símbolos cristianos. Cierto es que algunos sospechan que esas iniciales pertenezcan a Leonardo Castellani, el célebre escritor y sacerdote, pero el tono difiere del suyo: aquí el lenguaje es retorcido y poético, no demoníaco ni místico, lo que me hace dudar de tal atribución. 

Los autores anónimos de estas cartas parecen debatir internamente si la figura de Kalâr es portadora de sabiduría arcana o de locura. La ausencia de remitente –y de confirmación de identidad– mantiene el aura desconcertante: no sabemos si eran conspiradores de un culto o delirios redactados por un ermitaño solitario. 

Unas palabras sobre Gabriel Fernández. Era investigador infatigable, obsesionado con el tema. Sus últimos apuntes –hoy incompletos– sugerían que la entidad tenía múltiples nombres: Alba, Kalâr, Lilith, entre otros. A la vez, sus notas revelan una premonición: al estudiar viejas copias del diario de Díaz, entendió que el hecho de que muchos la hayan visto quizá indica algo atemporal. Gabriel murió en extrañas circunstancias: su coche abandonado en el barro de un camino de montes, sin rastro de neblina ni señal de quién lo empujó. Tal vez huyó despavorido tras un encuentro final con aquella figura. 

Confieso que, como editor, sentí en mis propios huesos el peso de esta historia. En una noche sin luna, mientras revisaba los documentos en el departamento de Campana, al levantar la vista vi, reflejada en el vidrio, el rostro de una mujer. Sus ojos, penetrantes como en los relatos, me hablaron con la misma voz muda de la mirada que tantas veces describen Díaz y otros. Fue un instante, un instante distinto entre los pliegues ordinarios de la realidad. Comprendí, de golpe, que todo esto trasciende la simple recopilación de textos: nos involucra a quienes los leemos, cambiando nuestro modo de ver el mundo. Es inevitable subrayar también un aviso final: estos papeles no piden explicaciones estrictas ni interpretaciones positivistas. A quienes intentan verlos como pruebas de algo tangible, les respondería con mi propia experiencia: los datos –fechas, nombres, coordenadas– son apenas superficie. Si buscamos un significado unitario caeremos en un espejismo. La obra resultante, de hecho, se burla de esa pretensión. Es una fusión de géneros y tiempos donde lo real se suspende en alegoría. La crónica se confunde con el diario, y el tratado deviene en cuaderno de campo. Nuestra curiosidad académica choca con su naturaleza esquiva. Es posible que nunca sepamos quién fue en realidad esta “mujer”, si fue un espíritu antiguo o solo un eco colectivo. Lo que aquí se ofrece, en todo caso, no es una verdad cerrada, sino un testimonio fragmentario que pide más preguntas. Como dijo aquel escrito gnostico: “Ella vuelve donde no hay nombre ni altar, y su danza renueva los siglos.” 

En este giro inquietante, el misterio renace en cada lectura. Lo único que podemos ofrecerle, ante lo inconmensurable, es preguntarle de nuevo: “La forma de una pregunta.” 

R. A.

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