En 1938, la revista casi clandestina Cuadernos de tradición cuyana publicó un artículo firmado por Evaristo Páez titulado “Sobre una superstición hidráulica en Vallecito”. La pieza (de la que sólo consulté una copia incompleta en la hemeroteca de la Universidad Nacional de Luján) insinuaba algo que la versión popular omitía: una mujer llamada Deolinda Correa de Bustos, o Dalinda Antonia Correa, era objeto de una supersticiosa veneración por los arrieros del departamento de Caucete, en San Juan.
Según Páez, la mujer (a quien ya se refiere como “la Difunta”) no habría muerto por falta absoluta de agua, sino por ignorar su proximidad. El autor, de quien no pude hallar otros artículos ni referencias, citaba sin mayores precisiones estudios geológicos preliminares que indicaban la existencia de napas freáticas superficiales en la zona.
“El subsuelo de Vallecito”, escribió, “contiene agua en estado latente. No es un desierto absoluto, sino un desierto mal comprendido”.
La frase me intrigó más que la tradición popular según la cual la mujer murió de sed en el desierto sanjuanino mientras huía con su hijo, y que el niño sobrevivió milagrosamente alimentándose de su pecho ya sin vida. No me interesaba el prodigio, sino la topografía.
Fue en otra búsqueda, en el archivo de una biblioteca privada (más exactamente en un conjunto de documentos adquiridos a una disuelta logia masónica) donde encontré una referencia secundaria aún más improbable: un tal Arthur Pembroke Langford, teósofo inglés, discípulo tardío de Annie Besant, habría visitado Vallecito en 1939. El dato aparece en un boletín de la Theosophical Society of Adyar, sección británica, en una nota marginal donde se consigna su muerte en Argentina “durante un fenómeno sísmico de considerable magnitud”. La fecha no coincide con el gran terremoto de 1944 ni, por supuesto, con el de 1977. Pero los registros de la sociedad teosófica suelen ser imprecisos.
Langford, según esa misma nota, investigaba “la persistencia de un punto telúrico asociado a una devoción materna”. El término no debe entenderse en sentido vulgar. En la tradición teosófica (que pretendía, con discutible éxito, articular una geografía espiritual del planeta) un punto telúrico designa un lugar donde convergen fuerzas profundas de la tierra, capaces de condicionar ciertas formas simbólicas. No se trataba, para él, de milagros ni de apariciones, sino de estructuras. La expresión me sorprendió y por eso la registré en mi cuaderno de notas.
Debo confesar que, estando en aquella biblioteca, no me resultó difícil imaginar a un inglés alto, delgado, vestido de lino blanco bajo el sol cuyano, convencido de que el desierto ocultaba un centro energético. Alguien que hubiera leído a Blavatsky y a Leadbeater, y que interpretara la Difunta Correa no como santa popular sino como vestigio de un culto arcaico al principio femenino de la Tierra. Quizás buscaba un Aleph mineral. Quizás buscaba el agua invisible.
Lo inquietante no es que Langford haya viajado allí, sino la coincidencia. Porque el terremoto de 1977 (cuyos efectos estudié años después) produjo una de las áreas de licuefacción más extensas registradas en Sudamérica: la tierra se volvió fluida, el suelo dejó de sostener. Arena y agua emergieron por grietas de hasta un metro de ancho y, en Caucete, a setenta kilómetros, las casas quedaron cubiertas por más de un metro de arena expulsada desde el subsuelo. Aquel 23 de noviembre de 1977 el desierto sanjuanino reveló que nunca fue completamente seco. Reveló su secreto.
He pensado a menudo en la posibilidad de que Langford muriera no por el temblor en sí, como afirmaba la publicación, sino por haber estado en el punto exacto donde la tierra perdió consistencia. Si la Difunta murió por no saber que el agua estaba bajo sus pies, el teósofo pudo haber muerto al comprobar que efectivamente estaba allí. Uno ignoró. El otro supo. Ambos murieron.
En aquella biblioteca di con un cuaderno sin firma, pero con las iniciales “APL”, que habría pertenecido al citado teósofo. El hológrafo contenía anotaciones fragmentarias: muchas en un latín defectuoso, otras en inglés, algunas en castellano rudimentario. No era un diario de viaje, sino una serie de hipótesis. En la página central, subrayada con violencia, leí la frase: “Vallecito no es un santuario cristiano. Es un error de clasificación.”
Más abajo: “La estructura es pre-bíblica. Madre – Niño – Desierto – Agua oculta.”
Y luego, lo que me inquietó: “Agar ve el pozo porque Yahvé abre sus ojos. Aquí nadie abre nada.”
Langford había percibido la simetría, pero no la celebraba. En otra hoja, casi ilegible, aparecía una afirmación aún más perturbadora:
“La Difunta no muere por ignorancia. Muere por fidelidad al punto. Camina sobre el agua porque pertenece al subsuelo.”
No pude evitar una reacción física al leer esa frase. La formulación era deliberada: no decía “ignora el subsuelo”, sino “pertenece”.
En la página siguiente, una nota marginal en lápiz: “Las deidades antiguas no desaparecen sino que se sedimentan. La religión dominante las reclasifica. En algunos casos puede canonizarlas convirtiéndolas en santos locales, o demonizarlas, como ocurrió con las huacas andinas, cuyo carácter sagrado no fue eliminado sino reinterpretado bajo categorías cristianas. El proceso no implica sustitución sino estratificación. El culto persiste porque la función permanece.” Más abajo añadía ejemplos comparativos: “En México, la continuidad entre Tonantzin y la Virgen de Guadalupe no es mera coincidencia devocional, sino reanclaje simbólico en el mismo territorio. En Norteamérica, ciertos pueblos indígenas preservan la sacralidad de montes y fuentes aun cuando adoptan nomenclaturas cristianas. El nombre cambia pero el punto permanece.”
Y concluía con una fórmula casi geométrica: “El sustrato popular conserva el lugar incluso cuando olvida la genealogía.”
Comprendí entonces la dirección del pensamiento de Langford. No veía en la Difunta una mártir ni una santa popular, sino una supervivencia: una madre telúrica degradada a mera leyenda, una figura que no recibe revelación porque no la necesita, porque no mira hacia arriba sino hacia abajo.
La anotación final del cuaderno estaba fechada con ambigüedad: “San Juan, noviembre”. No había año. “He localizado el punto y no es una metáfora. Es un centro de inversión: lo que en la Escritura desciende del cielo, aquí asciende del suelo. Agar recibe el agua desde la misericordia; Vallecito la devuelve desde la presión.”
Luego, una frase aislada: “No hay milagro. Ella es una entidad.”
No había nada más. La página siguiente estaba arrancada.
Fue en 2021, cuando la circulación volvió a ser posible en los estertores de la pandemia, que terminé en Vallecito. Estaba en Vedia, en el hotel Buenos Aires, cuando oí a un huésped decirle a su esposa que había dejado una botella “en la capillita”. La mujer le agradeció. Yo, que desayunaba, sentí el impulso inexplicable de ir hasta allí. Esa misma tarde partí. No atribuyo la decisión a una revelación ni a una fe súbita. Fue, más bien, la consecuencia natural de una serie de conjeturas que habían alcanzado su punto de saturación. En la estación de servicio adquirí dos botellas de agua. Solo necesitaba una. Las primeras horas transcurrieron bajo la regularidad de la llanura. Pensé en el pasaje del Génesis en que Agar, extraviada en el desierto, cree que su hijo morirá de sed hasta que Dios “abre sus ojos” y ella ve el pozo. El texto no afirma que el agua haya sido creada en ese instante. Solo afirma que fue vista. La diferencia es menos trivial de lo que parece.
Mientras conducía recordé un grabado que había visto años atrás en una Biblia ilustrada del siglo XIX. No estoy seguro de que la memoria no haya alterado algunos detalles; sospecho que he completado zonas con invenciones posteriores. Sin embargo, la disposición general persiste con una claridad incómoda. La escena representaba a Agar en el desierto, pero no en el instante del hallazgo del pozo sino en el momento anterior, cuando aún no ha sido “abierto” nada. La composición estaba organizada con una severidad casi matemática.
A la izquierda, una formación rocosa ocupaba más de la mitad del plano. No era un paisaje sino un muro. El grabador había trabajado la piedra con líneas densas, paralelas, que descendían en curvas leves, creando la impresión de una masa antigua y cerrada. La roca no parecía erosionada sino compacta, como si ocultara algo. A sus pies, la mujer arrodillada. El trazo era más fino en el rostro, aunque apenas visible. No recuerdo sus facciones; sí la posición de los brazos: elevados con una verticalidad casi arquitectónica. No había teatralidad en el gesto. No se trataba de desesperación sino de agotamiento formal, como si el cuerpo hubiera adoptado la única postura aún posible.
El niño no estaba en sus brazos. Esa separación era deliberada. Yacía unos metros más allá, tendido sobre la arena con una laxitud que excluía el sueño. El grabador había dibujado el contorno del pequeño cuerpo con menos densidad de línea, casi como si ya perteneciera al fondo. Uno de sus brazos se extendía hacia adelante, no en súplica sino en abandono. Entre ambos, madre y niño, quedaba un espacio vacío que dominaba la composición. No era un vacío casual; era el centro. La escena no giraba en torno a la figura humana sino a esa distancia. En primer plano, ligeramente inclinado, había un odre. Recuerdo con nitidez su forma y su posición oblicua. No sé si el artista insinuaba que estaba vacío o simplemente volcado. Lo cierto es que su presencia era inútil. El agua no estaba representada. Solo su ausencia.
Mientras avanzaba por la ruta pensé en ese odre y en las botellas que había visto acumuladas en una fotografía de Vallecito años atrás: alineadas, colgadas, apiladas, ofrecidas con una paciencia anónima. El grabado mostraba un recipiente agotado; el santuario, una proliferación excesiva. En ambos casos el agua no se veía. Se suponía. No estoy seguro de que el grabado fuera exactamente así. Tal vez he exagerado la escala de la roca. Tal vez el niño no estaba tan lejos. La memoria trabaja por desplazamientos. Pero hay algo que no varía: la sensación de que la escena no representaba un milagro, sino un intervalo.
La Escritura afirma que alguien abrió los ojos de la mujer. El grabado, en cambio, insistía en el instante previo, cuando el mundo todavía no respondía. No mostraba el agua descubierta, sino el momento en que aún no se sabe que existe. Conduciendo hacia el oeste comprendí que ese intervalo era más inquietante que el prodigio. El desierto no es la ausencia de agua; es la suspensión de su evidencia.
Miré la botella en el asiento contiguo. Permanecía intacta, cerrada, como el odre del grabado. No la necesitaba. Sin embargo, su presencia introducía en el vehículo una promesa inútil, o quizá una deuda anticipada. Continué conduciendo.
A medida que avanzaba hacia el oeste, el paisaje perdió progresivamente sus accidentes. La uniformidad del terreno sugiere una continuidad que acaso no existe. Recordé entonces los estudios sobre la licuefacción de 1977: el suelo, aparentemente sólido, devolviendo lo que había retenido durante décadas. Pensé que toda superficie es provisional. En un tramo recto, sin poblaciones cercanas, advertí a lo lejos una figura inmóvil junto a la ruta. No hacía señas. No parecía esperar transporte. Vestía algo claro que el viento deformaba. No disminuí la velocidad. Al pasar, giró apenas el rostro hacia el vehículo. No pude distinguir sus rasgos. En el espejo retrovisor, la figura persistió unos segundos más de lo razonable, como si el espacio se hubiera dilatado. Luego desapareció. No atribuí el episodio a nada sobrenatural. Las rutas extensas producen espejismos que la memoria corrige después.
Continué.
En un parador nocturno observé a una mujer ofrecer agua a un niño con una insistencia casi ritual. Me sorprendió la precisión del gesto: el vaso sostenido a la altura exacta, la paciencia sin palabras. Comprendí (sin entusiasmo) que la escena era más antigua que cualquier santuario. Dormí poco.
Al amanecer, la vegetación comenzó a escasear. El aire parecía más liviano, aunque la presión atmosférica indicara lo contrario. No viajaba en busca de confirmaciones. Viajaba para verificar si la hipótesis de Langford, esa inversión de lo celeste en telúrico, era un desvarío teosófico o una descripción aproximada. Conduje casi doce horas y al día siguiente subí al cerro sin saber bien que buscaba. Desde arriba, el santuario parecía un basural sagrado donde botellas, jarros y bidones se conjugaban con capillitas y telas rojas castigadas por el viento.
Entonces vi algo mínimo: una concavidad entre las rocas. Era agua. Un pequeño charco inmóvil que no debería estar allí. No había llovido. No había cañerías. Sin embargo, estaba.
Me incliné y a riesgo de sonar fantástico tuve la impresión de que esa agua no me reflejaba. Vi escenas superpuestas y simultáneas: un camionero volcando en la ruta, una madre dando de beber a su hijo, un arriero cavando una tumba, yo mismo, de niño, ardiendo de fiebre, recibiendo un vaso de agua de mi madre. Todo coexistía. Ese punto contenía todas las aguas ofrecidas y todas las sedes saciadas.
Comprendí con una claridad desagradable que el santuario entero drenaba hacia allí. Cada botella dejada abajo terminaba, de algún modo incomprensible, en ese cuenco. No era una fuente. Era una suma. Era un Aleph líquido donde convergían todas las gratitudes del mundo.
Salí de aquel lugar deteniéndome unicamente para cargar combustible y regresé a Buenos Aires con una hipótesis que no me atrevo a publicar en revistas académicas: la Difunta Correa no es una persona, pero tampoco es una entidad como sospechó aquel teósofo. Es una función. Una forma simbólica que absorbe la deuda universal hacia las madres. Cada botella intenta corregir retrospectivamente una sed pasada. Intentamos modificar el tiempo. Sobornar la muerte. El santuario es un sistema contable del afecto.
No he vuelto a Vallecito. Nunca volveré. Pero cada vez que viajo por rutas desiertas llevo una botella extra. No por fe. No por superstición. Sino por prudencia metafísica, porque sospecho que, tarde o temprano, todos terminamos debiéndole agua a alguien. Y el desierto no olvida las deudas.
A veces, sin embargo, me pregunto si esa hipótesis no es una defensa. Si no he transformado en “función simbólica” aquello que no me atrevo a nombrar. Porque hay un detalle que omití deliberadamente. En el cuaderno de Langford (o en lo que creo recordar de él) la frase final no era “Ella es una entidad”. Era otra, más breve y más incómoda. Decía: “Ella abre.”
No sé qué significa. No sé si lo leí o lo añadí después. Revisé mis notas y esa línea no figura en ninguna copia. No obstante, cada vez que sueño con el cerro, el agua no está quieta, sino que se mueve, como si respirara. Y en ese instante comprendo que quizá mi hipótesis contable (esa teoría tranquilizadora sobre deudas maternas) no sea más que una traducción racional de algo anterior.
Algo que no absorbe la sed. Algo que la convoca. Desde entonces llevo una botella extra, sí. Pero no estoy seguro de que sea para pagar una deuda. Tal vez sea para que no me llamen.